Mateo González Alonso
Mateo González Alonso. Periodista sociocultural.

Hace unos días se estrenaba la cuarta temporada de ‘The Crown’. A medida que la serie de acerca a la época actual, parece que el alcance o la repercusión van siendo más intensos. Tanto es así que el ministro de Cultura británico, Oliver Dowden, reclamaba a la plataforma Netflix que advirtiese claramente al espectador de la serie que está viendo una serie de televisión y, por lo tanto, un producto de ficción. Y es que la temporada entra en los momentos de mayor intensidad de la sociedad británica –‘brexit’ a parte– y de la era de los Windsor.

Olivia Colman

La nueva temporada, con una Olivia Colman muy adaptada en el papel de Isabel II desde la temporada anterior, está llena de mujeres poderosas o encantadoramente frágiles que rodean a la soberana. Lo que tantos documentales han reflejado en estos años sobre la familia real se desvela en esta temporada con la impecable narrativa del guionista Peter Morgan.

La contraposición de Isabel será una princesa, Lady Di. El matrimonio de Diana Spencer con Carlos, el príncipe de Gales, conforma el marco temporal de esta temporada que concluye con el divorcio real. La serie cuenta la cara oculta de ese matrimonio en el que eran tres y en el que se entiende fácilmente la identificación popular con la ‘princesa del pueblo’. Sufrimiento, traumas psicológicos y frialdad institucional que devolverán a los admiradores de Lady Di aquel entusiasmo de cuando pensaban que todos sueños podían hacerse realidad.

Cartel de The Crown en Netflix
Una serie que no deja indiferente a la crítica

El tabú de la enfermedad mental lo representa también otra mujer que en esta temporada crece más allá de su mera superficialidad clasista. La princesa Margarita, hermana de la reina muestra su cara más vulnerable, escondida detrás de las joyas, los vestidos o el tratamiento de alteza real. Ella provocará el descubrimiento más estremecedor que rescata Morgan con un tono que dista mucho del amarillismo sensacionalista británico. Es el de las primas de la reina, hijas de un hermano de su madre, con síndrome de Down que fueron encerradas en una institución mental “para no generar sospecha sobre la posible existencia de genes defectuosos en la sangre de los herederos”.

Margaret Tatcher

Otra mujer de peso, incluso de hierro, de esta temporada es Margaret Tatcher. Sin que la serie trate de emular a la película protagonizada por Meryl Streep, el contraste entre Isabel II y la líder de los conservadores pondrá de manifiesto también las inseguridades de primera ministra a través de momentos clave como la guerra de las Malvinas, los acuerdos de la Commonwealth y, especialmente, al tratar algunas de las tensiones sociales generadas por las reformas de Tatcher –con jugada de poder por parte del palacio de Buckingham con la prensa, incluida–.

Mujeres fuertes, un póker de reinas que contrasta con el vacilante Carlos o con el príncipe Felipe de Edimburgo que llega a presentarse –siempre con su inoportuno humor–, como “una asquerosa ameba que solo sirve para depositar el semen en la vagina de la reina”. Pues dará para mucho esa fisiológica acción, al menos para dos temporadas más.