David Manjón
David Manjón, el salmantino nominado a los Goya

David Manjón (1991) es escritor y guionista. Investigador en Estudios Literarios en la Universidad Complutense de Madrid y graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. A los 19 años fue residente en la décima promoción de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores, en Córdoba, becado para escribir una novela. Como guionista ha recibido numerosos premios. Escribe para distintas publicaciones y vive en Madrid.

Hoy viene a Ahora Diario para hablarnos de Gastos Incluidos, un corto con el que ha sido nominado a los Premios Goya. El corto, lo puedes ver aquí.

¿De qué trata Gastos incluidos?

Gastos incluidos trata de cómo la amistad o el amor se convierten en bienes de lujo cuando la sociedad solo responde a las aceleradas lógicas del mercado. Nuestra historia muestra la convivencia de dos compañeros de piso de edades diferentes, ambos de alquiler en el centro de una gran ciudad en la que, por lo que sabemos, desarrollan trabajos precarios. El personaje principal, además, es alguien que ha llegado a esa ciudad con la clásica ambición de encontrar trabajo “de lo suyo”. La particularidad del asunto es que, para poder vivir en esa pequeña buhardilla, han de comprometerse con la empresa inmobiliaria a no comunicarse entre sí y actuar como si en realidad viviesen solos, ignorando la existencia del otro. Nos parecía interesante que la historia partiese de una de esas apps de la llamada economía colaborativa, como Blablacar, Airbnb o Glovo, que a menudo revisten la pobreza con una estética líquida y un discurso enrollado. Durante el proceso de escritura del guion era importante para nosotros que la propuesta de la inmobiliaria tuviese sus ventajas objetivas, que fuera posible acostumbrarse a ella y que lo que tiene de deshumanizador fuera lento y progresivo, como esos sueños felices que devienen pesadillas.

Una historia sobre nuestras viviendas…

Si la causa son los alquileres inflados y tus ingresos de mierda, vivir en una habitación-zulo compartiendo piso no es como vivir en Friends: aquí las risas enlatadas dan un poco de miedo y se están riendo de ti. Tu apartamento no hace honor a su nombre y no te aparta del estrés y del ruido. Es llamativo que a medida que nuestra moral se vuelve cada vez más individualista la escasez de recursos nos fuerce a compartir viviendas en grupo o en pareja. Cuando el cofundador de Glovo celebra que sus repartidores en bicicleta no trabajan sino que viven “experiencias” o la de Deliveroo describe su empresa como un “hobby para gente artística” están reemplazando el lenguaje del trabajo por el de una especie de beca erasmus sin fin. Tampoco es una cuestión de tecnofobia: algunas de estas apps quizá darían resultados diferentes si de veras respondieran a criterios cooperativos. Imaginemos un Idealista de gestión pública regulado para evitar la especulación, como le he escuchado al sociólogo César Rendueles refiriéndose a Airbnb.

 ¿Cómo le surge a David Manjón la idea del corto?

La idea surgió hablando en un bar de Madrid, como tantas otras cosas buenas [risas]. Tanto Javier Macipe, el director de Gastos incluidos, como yo y nuestro entorno hemos compartido pisos de alquiler en el centro de Madrid y tenemos unas cuantas buenas anécdotas sobre compañeros misteriosos, entrevistas absurdas o caseros invasivos que entran en casa sin permiso. Una vez que nos decidimos a escribir algo sobre todo este asunto, vinieron muchas reuniones entre Macipe y yo para elaborar un guion que acabó desplazándosenos un poco al surrealismo y que tengo que decir que sobre todo fue muy divertido de escribir.

¿Cómo ha sido el proceso de creación con una pandemia de por medio?

Tanto el guion como el cortometraje son anteriores a la pandemia. Ésta sí ha afectado a su exhibición en diversos festivales nacionales e internacionales, claro. Y creo que las circunstancias han resignificado y multiplicado las lecturas del guion original: el distanciamiento social, el empobrecimiento, los Zooms de trabajo, el aceleramiento en la búsqueda de compañía mediante apps de ligar, las videollamadas con seres queridos, las nuevas miradas —algo empachadas— sobre nuestras viviendas y nuestros compañeros de piso, las mudanzas forzadas… Más allá de todo esto, hemos sufrido la crisis derivada de la pandemia como tantos otros trabajadores precarios. Me ha dado grima la romantización del confinamiento por parte de algunos escritores. Esas torres de marfil poco tienen que ver con mi concepción de la literatura, más relacionada con la vida y con la calle.

¿Crees que el cine se va a recuperar después de la pandemia?

No soy profeta pero creo en la necesidad permanente de narrarnos, así que estoy convencido de que sí. Si me preguntas por las salas, ojalá: no vamos sobrados de espacios donde pasar un par de horas sin consultar las notificaciones del móvil.

¿Cómo crees que afectan las plataformas digitales en la industria audiovisual?

Celebro ver a artistas que admiro y a compañeros y compañeras trabajando. Sin embargo, hay catálogos tan homogéneos como extensos… mucho relleno. Lo de llamar “contenidos” al trabajo cultural me suena un poco a la estantería de los yogures en el súper.

¿Qué te gustaría conseguir en un futuro?, ¿cuál es tu próximo reto profesional?

Continúo escribiendo. Pero todavía no te voy a contar qué, que ya sabes que da mal fario [risas].

¿Una nominación a los Premios Goya hace que te llamen más para escribir nuevos proyectos?

Ojalá.