Eley Grey
Eley Grey ha escrito Las mujeres de Sara, Todas están locas (La Calle lgtb) y Laberinto (Egales). Es profesora.

Quienes leemos como forma de vida. Escribir puede ser, para algunas personas, una forma de vida. Como quien viaja, compra o cocina todos los días sin plantearse dejar de hacerlo. Los libros, para quienes leemos como forma de vida, no podrían entenderse sin las personas que los escriben. Sin su imaginación y su necesidad de compartir las historias con el resto del mundo; sin sus noches sin dormir, sin sus días acompañados de los personajes que ellos mismos crean.

Una vez conocí a una escritora. Era una mujer joven y estaba escribiendo en un bar pequeño de un pueblo perdido en una comarca alejada del mar. Ella fumaba y tomaba café. Yo era pequeña, lo suficientemente pequeña como para creer que la mujer no era real. Busqué alrededor del bar al director de la película y a los maquilladores, pero no vi a nadie. Le pregunté a mi madre por aquella chica, quería saber qué hacía.Escribir, me dijo. Obvio, pensé yo. Pero esa explicación no me sirvió, así que me acerqué a ella en silencio y me senté a su lado disimulando. Tuvo que ser en algún momento en el que mis padres andaban despistados picando algo.

Leemos

Lo hice aguantando el malestar que me provocaba el humo de su tabaco. A su lado, se me antojó que el bolígrafo que utilizaba flotaba sobre el papel. Se deslizaba por aquella superficie como si fuera seda, como si, en lugar de escribir, estuviera cosiendo el traje más caro, más bello y más delicado del mundo. De vez en cuando paraba su frenético ritmo, daba una calada a su cigarro y se alejaba para contemplar su obra. Yo analizaba cada uno de sus movimientos y al cabo de un rato, una de las veces que paró, se giró y me miró. El corazón dejó de funcionarme durante una décima de segundo porque penséque iba a reñirme por mi osadía, por no respetar su espacio y por invadir su privacidad. Sin embargo, me dijo:

—¿Te gusta escribir, chiquilla?

Sí le contesté automáticamente.

Ella sonrió y aproveché para preguntarle:

—¿Eres una escritora famosa?

Ella, en lugar de responderme, volvió a preguntarme:

Pero, ¿te gusta mucho escribir o solo un poco?

Mucho le dije, esta vez muy segura de mi respuesta Algún día quiero ser escritora como tú. ¿Quétengo que hacer?

Le dio un trago al café, dejó la taza sobre el platillo e inhaló una calada de su cigarro.

Entonces te diré quién soy, pero no se lo cuentes a nadie, ¿vale?

Vale la emoción no me cabía en el pecho.

En ese momento, antes de continuar, soltó por primera vez el bolígrafo, giró todo su cuerpo hacia mí y me miró muy fijamente a los ojos mientras me dijo:

Mi verdadero nombre es el tuyo, chiquilla, porque soy tú cuando seas mayor. Soy la lectora que hay en ti. Soy quien escribe como forma de vida y no entiende el mundo sin libros o sin historias. No me mires así, niña, porque si quieres escribir libros, te alimentarás de libros durante toda tu vida. Leerás y vivirás como si la vida terminara algún día, como si los libros fueran a morir mañana.

Se marchó

Después de decir aquello, se levantó y se marchó de aquel bar, dejándose el papel, el boli y hasta el cigarro en el cenicero. Yo salté de la silla y devoré aquellas páginas. Las guardé bajo la camiseta y siempre me han acompañado.

Nunca más volví a ver a aquella escritora (o quizás sí). Puede que hasta haya leído algún libro suyo, no lo sé. A lo largo de estos años he sentido sus palabras detrás de cada libro, detrás de cada autor, y siempre he agradecido a la vida y a mis padres haber parado aquel día en aquel bar de ese pueblo perdido, de aquella comarca alejada del mar.