Hoy, 27 de enero, se celebra de liberación del campo de exterminio nazi de Auschwitz- Birkenau, el conocido Holocausto. Un lugar que simboliza el pozo más profundo de la maldad humana. Un abismo al que cayeron millones de personas y que constituyó la bajeza moral, ética, social, y política más importante de la Historia de la Humanidad. Nunca nada ni nadie alcanzó tal nivel de ignominia y esta fecha debe ser recordada entre los demócratas como un símbolo de lo que jamás, nunca, en ninguna circunstancia, puede volver a suceder.

La eliminación de toda diferencia

En los campos de concentración fueron asesinadas millones de personas, como judíos, gitanos, personas con discapacidad y homosexuales. También sindicalistas, socialistas, anarquistas o aquellos que profesaban ideas diferentes a las totalitarias. Una industria de la muerte que alcanzó las cotas más altas de crimen al final de la guerra, acelerando su maquinaria de forma extraordinaria para alcanzar la “Solución Final”. Así se llamó la eliminación de toda diferencia, de la diversidad, de lo que no encajaba en el modelo impuesto por el pensamiento totalitario. Cada año recordamos Auschwitz desde la memoria y en homenaje a quienes perdieron la vida marcados con estrellas de David por ser judíos. Los triángulos rosas invertidos, en esos campos, se utilizaron para señalar a los presos homosexuales.

Discurso de odio en el Holocausto

El Holocausto no empezó con tanques y hornos crematorios, empezó con palabras malvadas, lenguaje difamatorio, propaganda. Las persecuciones, señalamientos y difamaciones empezaron mucho antes, criminalizando a toda una población indefensa que se encontró, poco tiempo después, con el peor de sus destinos. Hoy observamos y escuchamos discursos muy parecidos. Discursos que criminalizan a los menores no acompañados, a las personas migrantes, a las mujeres o a la diversidad sexual. Hoy se siguen utilizando las tribunas políticas para hacer propaganda en contra de quienes simplemente son diferentes.

Dijo Primo Levi que “quien niega Auschwitz estaría dispuesto a rehacerlo“. Se construyó la Europa de los derechos  después de la Segunda Guerra Mundial para evitar que el fascismo volviera  a inocular la violencia en la sociedad. También con el fin de eliminar toda posibilidad de que nadie nos empujara al abismo criminal, al genocidio y, por tanto, al Holocausto. Para que nadie anestesiara la conciencia colectiva con la indiferencia ante el abuso, utilizando la propaganda y la demagogia. Negar el crimen hoy es equivalente a mirar a otro lado mientras las chimeneas cubren el cielo con el humo negro de los cuerpos asesinados. Negar el crimen equivale a esa misma indiferencia que nos avergüenza y que avergonzó a Alemania después de la guerra. Como entonces, esos discursos nos empujan al borrado de la conciencia, de la comprensión de los mecanismos de la maldad que nos llevaron a la peor de las catástrofes.

La memoria como cura frente a la intolerancia

Negar el genocidio no es pacífico ni neutral, tiene intencionalidad política, y daña a toda la sociedad porque nos hace peores seres humanos, individual y colectivamente. Hoy, desgraciadamente estamos más cerca de la catástrofe gracias a los discursos que se lanzan con absoluta irresponsabilidad y temeridad por parte de la extrema derecha en las tribunas y las instituciones. Ellos, quienes promueven esas ideas, piensan lo mismo que pensaban entonces los que condenaron a muerte a los homosexuales, los gitanos o los judíos, que somos personas sin dignidad. Ese fue el inicio de todo, y ese será -como lo fue entonces- nuestro final. Pararlo es una obligación democrática.