La democracia debe prevalecer. En casi dos siglos y medio de historia, Estados Unidos no ha vivido una crisis como la que está teniendo lugar en este momento. Miles de seguidores de Donald Trump han irrumpido en el Capitolio -el edificio que alberga las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos-.

Tratan de impedir la ratificación de los resultados de las elecciones del 3 de noviembre, que había empezado a la una de la tarde de Washington. El asalto se ha producido después de que Donald Trump se dirigiera a decenas de miles de seguidores. Estaban concentrados frente al Capitolio. Y es que el Presidente en funciones ha declarado que Joe Biden va a ser “un presidente ilegítimo”. Si hay un responsable penal de los hechos de los que hemos sido testigos, se llama Donald Trump. 

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La democracia debe prevalecer

Las milicias armadas de extrema derecha estadounidenses han accedido a la Cámara de Representantes del Senado norteamericano. Armados, han impedido la confirmación de Biden. Presidente electo de Estados Unidos. Han obligado a desalojar a los electos del edificio. Las imágenes son sin duda preocupantes. La mayor preocupación en Washington a esta hora, es que la zona fuera despejada, y se ha decretado el toque de queda a partir de las seis de la tarde. El ideólogo del asalto a la cámara senatorial, Donald Trump, ha pedido a través de Twitter calma, en un mensaje en el que la plataforma ha prohibido cualquier tipo de interacción. Porque puede incitar a la violencia.

Trump

A Trump no le importa Estados Unidos, su propio país. Se dice que forma parte de esa nueva moda ideológica que nunca dejó de existir, la extrema derecha ultra nacionalista. Una ultraderecha que ahora recorre medio mundo, con numerosas sucursales en Europa. A pesar de autodenominado patriotismo militante, bien por sus acciones deliberadas o por sus omisiones, dañan la imagen de la primera potencia mundial. La que muchos consideran la cuna de la Democracia liberal, que tanto desprecian. 

El trumpismo ha inspirado, rentablemente, a otros que ahora han ocupado un beneficioso espacio para sus intereses en las instituciones democráticas de toda Europa. En España el partido de Santiago Abascal, Ortega Smith o Rocío Monasterio y su ultraderecha populista y demagógica, lanzan sus discursos de odio. Francia tiene a la xenófoba ultraderechista Marine Le Pen. Italia, con Mateo Salivini y en Hungría a Viktor Orban, ejemplos todos ellos de los contravalores de la cultura democrática de Occidente.

Internacional fascista

Tendríamos que cuidarnos de esta internacional fascista que pretende imponer sus particulares normas en la democracia. Probablemente con el fin de destruirla y erosionar irremediablemente las instituciones, dañando de forma irreparable la paz y la convivencia que tanto ha costado construir.

Cabe hacer una reflexión de fondo de cómo alimentamos los extremistas, cuyo único propósito es utilizar las instituciones para su propio beneficio, perpetuarse en el poder e imponer su ansiado orden propio. Lo que está pasando en estos momentos en Estados Unidos es solo un aviso. Son capaces de todo y están armados.