David Lerín
Politólogo. Profesor en la Universidad Complutense

“Nunca ha sabido nadie ni ha podido predecir nadie lo que se funda con una guerra; ¡nunca! Las guerras, y sobre todo las guerras civiles, se promueven o se desencadenan con estos propósitos, hasta donde llega la agudeza, el ingenio o el talento de las personas; pero jamás en ninguna guerra se ha podido descubrir desde el primer día cuáles van a ser sus profundas repercusiones en el orden social y en el orden político y en la vida moral…”

“Paz, piedad y perdón”, Azaña (1938).

El pasado 18 de diciembre de 2020 se inauguró la exposición “Azaña: intelectual y estadista. A los 80 años de su fallecimiento en el exilio” en la Biblioteca Nacional de España (BNE) de Madrid, que permanecerá abierta hasta el 4 de abril de 2021. Esta muestra pretende profundizar en la figura de Manuel Azaña Díaz ochenta años después de su fallecimiento en la ciudad occitana de Montauban situada en el suroeste de Francia. El objetivo principal de esta exposición es proyectar una imagen completa de Azaña desde tres dimensiones: humana, política e intelectual. Para este propósito se analiza cronológicamente toda la vida de esta figura clave de la Segunda República desde su nacimiento hasta su muerte en el exilio.

Manuel Azaña nace en la ciudad de Alcalá de Henares, cerca de Madrid, en 1880, en el seno de una familia de clase media. Su padre fue alcalde de Alcalá cuando se erigió la estatua de Cervantes y es autor de “Historia de la ciudad de Alcalá de Henares”. Pronto se quedará huérfano, quedando bajo la tutela de su abuela Concepción Catarineu. Estudia en los Escolapios de Alcalá y en los Agustinos de El Escorial. Se licencia en Derecho en la Universidad de Zaragoza y presenta su tesis doctoral “La responsabilidad de las multitudes” en la Universidad de Madrid. Con 21 años da su primera conferencia de carácter político en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares titulada “El problema español”.

Partido Reformista

Su filiación y participación política directa se inicia en 1913 en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez, y al mismo tiempo ocupará el cargo de Secretario del Ateneo de Madrid, más tarde presidirá dicha institución. Además, será un defensor de la causa aliada en la I Guerra Mundial, visitando el frente de batalla en tres ocasiones.

Pronto se declara republicano y participa en la creación de Acción Republicana enfrentándose a la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía de Alfonso XIII, que aceptaba de buen grado tal gobierno. Este partido se fusionará con otras formaciones republicanas progresistas para fundar Izquierda Republicana, en 1934.

Su papel político en la II República es notorio y colabora en la elaboración de la Constitución, una de las más adelantadas de su tiempo: sufragio femenino, secularización del Estado o “renuncia de la guerra como instrumento de política nacional”. En dicho periodo destacará como estadista, ocupando el ministerio de la Guerra, la presidencia del Gobierno y la presidencia de la República al final de la misma y durante, prácticamente, toda la guerra civil. Su gobierno promovió transformaciones significativas: Ley de Reforma Agraria, Reforma Militar, Plan de expansión de la red de enseñanza, Misiones Pedagógicas, Estatuto de Autonomía para Cataluña, Plan de Obras Públicas, apertura del Museo Sorolla y de la Escuela Normal de Maestros, primera Feria del Libro en Madrid, Plan de mejora del transporte público, etc.

Guerra Civil

Durante la contienda civil, provocada por el golpe de Estado, Azaña resistió sin abandonar su cargo por tres motivos: para enfrentarse a un “crimen no de lesa patria, sino de lesa humanidad”; por su respeto por los combatientes que luchaban; y por la propia causa de la República, que representaba la ley, la convivencia y la democracia. En el trascurso de la guerra, procuró una intervención británica y francesa a favor del gobierno republicano y, finalmente, pidió una reconciliación nacional, demandada en su discurso de Barcelona titulado “Paz, piedad y perdón” en 1938.

El final de su vida tiene un conocido y triste desenlace. Azaña se ve obligado a huir al exilio en Francia, donde firmará su dimisión el 28 de febrero de 1939 como Presidente de la República en la ciudad francesa de Prasle, días después de que los gobiernos de Francia e Inglaterra reconocieran el gobierno de Franco. Morirá poco después, acosado en una Francia ocupada por la Alemania nazi, en el Hotel du Midi de Montauban, extensión de la embajada de México que le daba protección, el 3 de noviembre de 1940.

Asimismo, su dimensión cultural es dilatada. Sus colaboraciones múltiples con la prensa van a estar presentes durante toda su vida: Brisas del Henares, Gente Vieja, La Avispa, La Pluma, España, The World Review, etc.  Al mismo tiempo, escribirá un gran número de libros y obras literarias: Estudios de política francesa contemporánea. La política militar; Vida de Don Juan Valera por el que recibirá el Premio Nacional de Literatura; El jardín de los frailes; La Corona (obra de teatro); La velada en Benicarló; Una política; Fresdeval (inconclusa); En el poder y en la oposición; Mi Rebelión en Barcelona; Causas de la guerra; etc.

Sensibilidad artística

 Como vemos, el análisis riguroso de está figura no debe centrarse únicamente en su dimensión política sino que también se debe tener muy en cuenta su enorme desarrollo intelectual y cultural. En toda su obra, Azaña muestra una gran sensibilidad artística y una calidad literaria indiscutible. Podemos decir abiertamente que fue uno de los mejores prosistas españoles de su época: “Gredos, el valle del Manzanares, el pinar de Balsaín (….) apropiándome por la emoción de tales lugares he sido más rico que todos los potentados del mundo”.

Políticamente, el relato objetivo de Manuel Azaña es muy necesario para romper los tópicos y mitos establecidos por la historiografía franquista. Frente a la visión que se han dado tradicionalmente desde posturas ultraconservadoras y reaccionarias, Azaña no fue un político que defendiera postulados “revolucionarios peligrosos”, el mismo se definía como intelectual liberal y demócrata (aunque, como sabemos, su compromiso social fue aumentado paulatinamente). Para Azaña, en España existía una ausencia evidente de mesura, tolerancia, prudencia y calma: “falta medida y sobra orgullo… La civilización consiste en domesticar los impulsos feroces”.

Debemos recordar a Azaña como un espléndido intelectual comprometido con su país, como un gran estadista y como un luchador incansable por la democracia, la libertad, la cultura, la modernización y la europeización del país, el laicismo y el progreso social. En definitiva, Manuel Azaña fue un patriota que dio toda su inteligencia, su vida y su trabajo al servicio de la ciudadanía, buscando construir una nueva España libre, laica, moderna, culta y socialmente justa.

Por último, tenemos que naturalizar y normalizar el encuentro de nuestra actual democracia con aquella otra- la Segunda República de Azaña- que fue interrumpida por un cruento golpe de estado. A los 80 años de la muerte de Azaña es necesario honrar y acercar a las nuevas generaciones a uno de los estadistas e intelectuales más relevantes del siglo XX español.