Aurelio Romero
Periodista especializado en comunicación corporativa, sociolaboral y política

El nuevo salón de plenos del Parlamento de Catalunya no tiene eco. Es una enorme sala, limpia, improvisada. Esta pandemia que agujerea la sociedad también ha conseguido despojar ese espacio de adornos, paisajes antiguos y símbolos dormidos. Se diría que los parlamentarios asisten a una conferencia en sillas difíciles para el diálogo; la tribuna lisa de contrachapado confirma que, al menos en eso, allí se refleja algo de lo que le ocurre a la sociedad: hastío.

Probablemente a la nueva presidenta del Parlament, Laura Borrás (JxCat / Junts per Catalunya) le hubiese gustado inaugurar su mandato con los atributos históricos del edificio, que aún resonasen los gritos y el ruido de los bastones alcaides de la asonada que encabezó Puigdemont y ella con ellos. Tal vez preferiría que esa instalación parlamentaria no recuerde tanto a otras destinadas a grandes y largos juicios con sentencias que se pierden en la memoria y duermen en la hemeroteca.

Catalunya

Desgraciadamente, al escenario de la nueva/vieja legislatura catalana no llega el humo de hace unas semanas en la calle, ni el eco del plasma que desde Bélgica alienta la repetición de la partida trilera. Todo huele a madera nueva, las sillas son temporales, pero el cuadro de mando tiene luces de color en un nuevo orden. Aunque encauzar la nueva legislatura supere el calendario optimista de Esquerra Republicana de Catalunya, la ciudadana Borrás no puede cambiar el futuro que apunta otras opciones: una mayoría abierta, que los antisistema de la CUP tensarán con una mano para con la otra buscar nuevos refugios menos idílicos, más políticos.

Las elecciones han roto la contradictoria alianza de la derecha de Puigdemont y los anticapitalistas catalanes. El candidato de ERC, mayoritario tras las votaciones, ha decidido intentar una alianza legislativa diferente o iniciarla en un orden distinto. Saben que las CUP han arrastrado hasta su cese a otros presidentes y era preferible asegurar ese flanco antes de acercarse a los viejos socios (JxCat), de los que solo cabe empezar, como así ha sido, la coz en la cara del candidato a president. Nada hace vaticinar que vayan a cambiar de estrategia.  La realidad apremia a los republicanos: ya se insiste en decir que, para empezar a entenderse mejor, es conveniente llamar a Junts per Catalunya por su nombre auténtico, Convergencia, y en estos momentos no parecen contar con ningún socio de conveniencia que les preste el apellido Unió, o de Ciudadanos y, menos aún, el de Popular. A todos ellos la derecha les une pero Catalunya les aleja.

La primavera

La primavera ha traído fruta fresca hasta la puerta de este improvisado Parlament: Una rodaja de sandía al sol, nueva, casi madura. Tal vez sea la oportunidad que se estaba esperando, la derrota de Convergencia por una izquierda que añora su pasado histórico frente a la carcundia. Como siempre, las oportunidades duran poco y, si no es en este martes cuando se cierre algún tipo de acuerdo, tendrá que ser en abril, antes de que comience a pudrirse el hueco de las semillas negras de la rodaja de sandía. Ya no es cuestión de colores ni sabores tradicionalistas. El candidato a sucesor del histórico Josep Tarradellas (ERC) tiene menos altura, pero parece saber bien cuál es el huerto posible. Y no se llamará Convergencia, aunque cueste un poco convertir esta Catalunya desbocada en una Catalunya gobernada. Artur Más dejó el terreno abrasado. Pero ¿quién dijo que gobernar en minoría es fácil?.