Aurelio Romero
Periodista especializado en comunicación corporativa, sociolaboral y política

El nuevo 15M de Pablo Iglesias. No hay que dejarse llevar por la informaciones primeras sobre la inesperada salida de Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, del Gobierno de coalición con el PSOE que preside Pedro Sánchez. Cada uno de esos términos parecen obvios, pero conviene tenerlos en cuenta para intentar valorar esa decisión. La segunda noticia es que el vicepresidente se va sin avisar al presidente del Gobierno y graba un vídeo institucional rodeado de banderas que envía a las televisiones. Y, finalmente, la tercera información es que cede su puesto a la ministra de Trabajo, bien valorada en el gobierno y fuera, y mejor aún que su propio secretario general dentro de Podemos.

Esas noticias pueden ser rumores sin confirmar o deseos típicos de Iglesias, que habitualmente antepone sus ensoñaciones a la realidad. Un día, Pablo Iglesias pegó un salto a lomos del 15M -el de mayo de 2011- para llegar al cielo y conquistarlo, y allí se quedó, pese a lo que ha caído y está cayendo. Desde aquel 15 M, la realidad política es mejor porque el PP ha perdido el poder dentro y fuera del Parlamento, han sobrevivido los movimientos locales o regionales que abanderaron los postulados de aquella fecha símbolo y, finalmente, el PSOE ganó las elecciones con los inconvenientes de la minoría, aunque adolezca de un marcado liderazgo presidencialista. Podemos, por su parte, ha cristalizado en una organización endeble, irregularmente representada en el territorio nacional y con malas relaciones, incluso hostiles, con quienes encabezaron las llamadas mareas de diversa índole, sus supuestos aliados naturales.

El nuevo 15M

El 15 M ha inspirado bastantes cambios en la vida política española, pese a que nadie consiguió encauzar de forma notoria sus postulados. En un alarde de fortaleza transitoria, Podemos removió el status quo de la vida política, por contraste fundamentalmente en las formas. Pero el pecado de soberbia tiene muchas espinas que se clavan en la mano, esa que ahora quiere airear la pancarta olvidada del 15M (mayo) justamente otro 15M, el de marzo. En principio tendrá que detener su caída como fuerza política, tal vez volver a recuperar el lenguaje que por entonces movilizaba y reencontrarse con quienes fue dejando en el camino, entre otros al propio PSOE, con el que Podemos a estas horas sigue gobernando. La apuesta apuesta personal de Iglesias por la presidencia del Gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid tiene ante sí un camino largo que no acaba en la Puerta del Sol. Ya lo ha señalado en su último vídeo desde el Gobierno de coalición: que deje La Moncloa anunciando desde su abanderado despacho de vicepresidente que su supuesta sucesora será la futura candidata a disputarle a Pedro Sánchez la presidencia del Gobierno, no echa un poco de sal en la ensalada, sino una doble ración de azufre que hace indigerible toda la situación, dentro y fuera del Gobierno. Un caso más de esa deslealtad que le caracteriza al secretario general de Podemos.

El germen

Se trata de Madrid, donde nació el germen de su organización después de aquel 15M, y se trata del futuro político de Pablo Iglesias, aunque sus apoyos castellanos insistan en que el líder sacrifica su posición de vicepresidente por el bien de la organización, de la que no se sabe si seguirá siendo secretario general. El totum revolutum de Ciudadanos, Murcia y Madrid, básicamente, le ha servido en bandeja la ocasión de dar el paso de su salida del Gobierno. Incluso es posible que le haya acelerado la tentación de protagonizar, como dice, la pugna electoral contra la presidenta madrileña. Pablo Iglesias es mejor coreógrafo de sus soliloquios que dirigente de una organización democrática. Igual que Ayuso.