Un año. Ha pasado un año del inicio del desastre. Un año. Nos han robado todo un año.

Vivíamos en nuestra burbuja. Ajenos a todas las desgracias. Las epidemias mortales, las guerras, los desastres naturales, el hambre extremo… Todo ocurría a decenas de miles de kilómetros de nosotros. Esas cosas ocurrían siempre en un país lejano. En otro mundo. Desgracias que ocurrían a personas ajenas a nosotros. Nos daba lástima, pero era como si aquello no tuviera nada que ver con nosotros. Nos creíamos lo suficientemente avanzados como para volver a vivir una situación tan dramática como las que vivieron nuestras abuelas o nuestros bisabuelos.

Hace un año, hace exactamente un año, se tambaleó todo nuestro mundo. Fuimos conscientes de nuestra fragilidad. Tomamos consciencia de la debilidad del planeta, de la debilidad de nuestra sociedad, de la debilidad del sistema político, económico y social y de nuestra propia debilidad. Todo se tambaleó. Nada era como creíamos. Había vuelto a estallar la burbuja. Esta vez, nuestra propia burbuja.

Tuvimos que aprender a convivir con el miedo, con la inseguridad, con el insomnio. Descubrimos nuevas sensaciones nada agradables, como esa enorme bola invisible que se queda atascada en la garganta, que ni sube ni baja, que nos molesta, que dificulta nuestra respiración. ¿Ansiedad? ¿Angustia?

Acostumbrados a pasarnos el día en la calle, de un lado para otro, tuvimos que adaptarnos a una nueva situación que nos obligaba a quedarnos encerrados entre cuatro paredes. Fuimos aún más conscientes de la importancia de una vivienda digna, de la necesidad de repensar las ciudades. Muchos salimos huyendo. Abandonamos los angustiosos apartamentos interiores, sin luz natural, por los que pagábamos un dineral en grandes ciudades para regresar a los pueblos, a nuestras provincias de origen, en busca de un trocito de espacio al aire libre, ya fuese un trozo de patio o de balcón.

Unión vecinal

Al principio, conscientes de lo duro que nos resultaba todo aquello, viéndonos tan sumamente frágiles, se fraguó un espíritu de hermandad. Cada tarde, a las 20.00, quienes gozamos de esa posibilidad (en mi caso, una vez abandoné Madrid para regresar a mis orígenes) salíamos a los balcones y ventanas para aplaudir al personal sanitario, que se estaba jugando literalmente la vida por salvar las nuestras. Nuestras ventanas y balcones se convirtieron en espacios socializadores, en los que charlábamos por primera vez con vecinos y vecinas con quienes jamás habíamos cruzado más palabra que un simple “hola”.

Ese espíritu de hermandad nos llevó a creer que, de esta crisis, saldríamos más unidos, que nos haría mejores. Aprendimos a sonreírnos, a valorar los gestos más simples, a disfrutar de las pequeñas cosas. “Todo va a salir bien”, nos decíamos, aun cuando éramos conscientes de que no sería así, y que con gran destreza supo plasmar el dramaturgo Iñigo Cobo en ‘Todo saldrá bien’. Lo necesitábamos. Estábamos faltos de palabras bonitas, de frases esperanzadoras. Necesitábamos mantener la esperanza.

Último año

Hasta que un día, todo eso se acabó. Todo excepto la pandemia. La crispación no tardó en volver a la política y, de ahí, a la sociedad. Con cada desgracia, la sociedad española es capaz de unirse y mostrar una hermandad que, por un tiempo limitado, nos hace sentirnos orgullosos de nuestro país y de sus gentes. Personas de cualquier etnia e ideología juntas, ayudando a los demás, remando en una misma dirección. La masacre del 11M, que hemos recordado esta última semana, o los atentados de Catalunya nos unieron como sociedad igual que hace un año al comenzar la pandemia. Pero nunca somos capaces de salir más fuertes y unidos. Siempre hay algún interesado en romper la paz y la concordia y volver a dividirnos como sociedad. Empiezo a creer que no tenemos remedio.