David Lerín
Politólogo. Profesor en la Universidad Complutense
 El rechazo de Trump a reconocer el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos supone una impugnación directa al sistema democrático y un peligroso precedente que puede ser imitado por partidos de ultraderecha o líderes nacional-populistas análogos al actual presidente norteamericano.

Trump se ha situado en el abismo político de las teorías conspiratorias auspiciadas por grupos de extrema derecha como QAnon. En este sentido, es muy relevante el veto  de Trump a la cadena Fox News, que siempre había apoyado al mandatario neoyorquino, por haber reconocido la victoria de  Joe Biden en las elecciones de noviembre: “Se han olvidado de la gallina de los huevos de oro”, comentó Trump al respecto, sopesando, además, establecer su propio canal televisivo. Antes de que se cuaje este posible nuevo canal, el presidente en vigor de Estados Unidos ha potenciado su presencia en otros medios de comunicación conservadores alternativos a Fox News, que no reconocieron la victoria demócrata, como One America News Network (OANN) o Newsmax, medio que era desconocido hasta hace poco y que ahora está disparando sus audiencias por este motivo.

Estrategia radical de Vox en España

Del mismo modo, supone un riesgo evidente a la gobernanza democrática la estrategia radical de Vox en España.  Desde la formación del gobierno de coalición, liderado por Pedro Sánchez, los ataques a la legitimidad del mismo han sido reiterados y crudísimos: “gobierno del fraude”, “gobierno ilegítimo y traidor”,  “fraude electoral”, “gobierno traidor bajo la batuta de los enemigos de España”, “gobierno criminal”, “aliados de terroristas”, “promotores de violencia”, “gobierno sostenido por los enemigos de España”, etc.

Asimismo, en los últimos meses la actuación populista del partido político de Santiago Abascal se está acentuando. Vox se está centrando, cada vez más, en el uso político de todas redes sociales. Además,  se menosprecia a los medios de comunicación de masa mayoritarios, tratando de identificar a estos conglomerados mediáticos como parte del “establishment” y de las “oligarquías”, al igual que ha hecho Trump, como hemos comentado. Concretamente, desde 2019, Vox ha vetado el trabajo de varios medios de comunicación de tendencia progresista.

“Vox ha vetado el trabajo de varios medios de comunicación de tendencia progresista”

Hace unas semanas, Javier Ortega-Smith, secretario general de la formación desde 2014, atacaba duramente al periodista Carlos Cue de ELPAÍS: “No podemos aceptar que medios que se han convertido en panfletos propagandísticos, panfletos de propaganda política (…) están llegando a la aberración. Ustedes no son periodistas, son activistas políticos, propagandistas de la mentira”. Pero esta embestida a los medios de información no se detiene únicamente en ELPAÍS, el veto de la formación de ultraderecha también se extiende a otros medios de difusión como eldiario.es, El Mundo, Infolibre, Público, La Marea o El Español.

Vox ante los presupuestos

Políticamente, su actuación ante los Presupuestos refleja esta estrategia rupturista, en la que se ha optado por una campaña en las redes sociales y manifestaciones en diferentes ciudades en lugar de presentar enmiendas. Incluso, en la concentración convocada por este partido en Barcelona, el 6 de diciembre, aparecieron banderas franquistas, una enseña nacionalsocialista (del partido de extrema derecha Frente Nacional Identitario-Partido Nacional Socialista Obrero Español, FNI-PNSOE) y se profirieron saludos  y lemas fascistas entre varios de los congregados a la misma.

En una democracia consolidada son muy graves estas actitudes que deslegitiman la esencia propia del sistema que hemos visto en Trump o Vox. No se puede ser demócrata sin aceptar las reglas del juego,  no se es demócrata si solo se admiten las normas cuando favorecen o cuando se gana con ellas. Lo mismo ocurre con respecto a los medios de comunicación, que son atacados cuando no dicen exactamente lo que el partido o líder en cuestión desea. Los periodistas deben jugar un papel fundamental en la democracia para controlar el poder político y económico, y por tanto, deben estar ajenos a cualquier presión que interfiera en el desarrollo libre de su trabajo.