Aurelio Romero
Periodista especializado en comunicación corporativa, sociolaboral y política
 Ahora que hay un ministro de Universidades como el sociólogo Manuel Castells, estaría bien que en La Moncloa se organizara alguna sesión para que sus compañeros de Gobierno entendiesen algo mejor el origen de los cambios sociales que se no se han producido en nuestro país. Tanto, que se producen fisuras por las que asoma tan a menudo el hedor del pasado. La historia ya es conocida de sobra: por qué fuimos y no llegamos a ser luteranos, por qué fuimos revolucionarios y bonapartistas o por qué nuestras guerras civiles fueron venganzas de barrio y sacristía, incluida la mayor.

Tan dados como somos ahora a empujar los días con titulares de un minuto de vida, Castells puede enseñarles que, aunque lo parezca, los titulares de un cambio no se fabrican en un día. El gobierno y la oposición caminan sobre un futuro de ocasión, consignas y verdades asentadas en un presente tan inseguro como los datos sobre el COVID-19. Y sobre ellos pensamos la realidad, se hacen las estrategias y, sobre todo, se hace disculpa ausencia de líderes, se cree que es una necesidad inútil. Basta un manual de respuestas y cajas de resonancia. Lo más difícil -para todas las partes- es que sean cajas amigas.

El desapego social

El desapego de la sociedad sobre los partidos y la quiebra de la confianza en quienes gobiernan no necesitaban una crisis sanitaria para abundar en la gravedad de la escena. Desde hace años se viene advirtiendo puertas adentro de la izquierda diversa que la ciudadanía necesita libertad, respeto a sus derechos y referencias. Tanto le da a la gran mayoría la forma de Estado, si se genera confianza y liderazgo. Solo este, el liderazgo, frenará la ruptura de la quebradiza piel de nuestra historia y del presente, tendrá capacidad para idear estrategias para un futuro previsible y será capaz de rescatar la calle.

“El liderazgo, frenará la ruptura de la quebradiza piel de nuestra historia y del presente, tendrá capacidad para idear estrategias para un futuro previsible y será capaz de rescatar la calle”

Al redivivo secretario general socialista y luego presidente del Gobierno, Pedro Sánchez,  se le enviaron mensajes para que no fiara el futuro del país y del PSOE a los poderes sentados (si, sentados) en las agrupaciones, porque un día propiciaron su caída y al dia siguiente le aclamarían con palmas en un nuevo Jerusalén socialista. Esa crisis -y no es una suerte para nadie- se ha expandido y afecta a todos los partidos: organizaciones débiles, dirigentes de la mejor ocasión, y una sociedad tremendamente sensible al desasosiego.

La caída de Catalunya en el sin Dios nacionalista fue y es aún una de esas grietas que no hemos sido capaces de evitar, anteponiendo la inteligencia a la euforia vengativa del centralismo más casposo. A Rajoy le costó el gobierno -entre otras razones- y al país la calma y la convivencia en la calle. Se anuncia que Ciudadanos quedará reducido a cenizas en las próximas elecciones catalanas y que todo el resultado será ver al franquismo dentándose en el Parlament de Catalunya. ¡Santo Dios!, diría mi madre.

La pandemia

La pandemia ha servido para intentar lo que el ministro Illa llama “cogobernanza” y su compañero Castell llamaría desafuero. Ni los padres de la Constitución hubieran imaginado tanto despropósito, tanto deseo de autonomía y tanta vara en los pies de quien la quiere dar. El excelente ministro de Sanidad sabrá que la calle es ahora de la derecha y ahí se encuentran los que querían y no autonomías. Lamentablemente, quienes apostaban en 2019 por un renacer del federalismo como solución a los problemas tribales y territoriales no van a encontrar ningún eco durante otro largo tiempo.

El cogobierno dentro del gobierno es como ya se anunciaba: ruidoso y, hacía fuera, imposible. En este escenario, cualquier intento es cesión para la derecha que vive de la oposición y el Parlamento se ha convertido en un rincón filibustero; lo que realmente se quiere es que la calle siga en sus manos, pese a las advertencias sobre el virus de las aceras. También los más moderados opinan que no es el momento de algaradas, pero en Moncloa siguen pensando que es mejor el ruido, dejar la calle en sus manos aunque el virus se haya convertido en su cómplice.