La plaza es nuestra

Vivimos tiempos de incertidumbre. Inmersos en una crisis global, tanto sanitaria como económica a causa de la pandemia, y aún arrastrando las consecuencias de la anterior crisis financiera, cuando todo parece imposible de cambiar, surge en mí cierta esperanza

La plaza es nuestra
La plaza es nuestra. Imagen del 15 m

David Hernández
David Hernández. Periodista político y amante de la cultura.
  Si bien tiene ciertas similitudes, el contexto actual es diferente al de 2011. Entonces, el paro alcanzaba el 22%, con un desempleo juvenil del 47%, y se priorizaban la recapitalización de las instituciones financieras y la reducción de la deuda pública. El bipartidismo parecía no tener fin. Nos habíamos acostumbrado a desayunar escándalos de corrupción. Aunque cada nuevo escándalo fuese aún más grave que el anterior, ya no sorprendía y parecía que el conjunto de la ciudadanía lo tomábamos ya con resignación. También parecía que nada podría cambiar.

A medida que los jóvenes de entonces, al terminar nuestros estudios universitarios, tomábamos consciencia de que no teníamos ningún futuro en este país, crecía nuestra desesperación. Esa zozobra, al ver los continuos escándalos de corrupción, se iba convirtiendo en rabia e indignación. Lo mismo ocurría con nuestras familias, a las que eso se les contagiaba conscientes de nuestro malestar. El paro iba en aumento, afectando a trabajadores y trabajadoras de todas las edades. El sentimiento era el mismo que el de los jóvenes.

La que se decía que era la generación más preparada tenía que salir de su propio país, mudarse al extranjero, con todos sus títulos bajo el brazo, para servir copas, limpiar baños o trabajar como repartidores. Porque en nuestro país no existía tampoco esa posibilidad.

“Estás sobrecualificado para este puesto”, “me da mucha pena darte trabajo en la tienda con el currículum que tienes como periodista” o, simplemente, “este trabajo no es para ti”. Ésas son algunas de las frases que tuve que escuchar en las empresas en las que ya me decían que no me daban el puesto. En otras, ni siquiera había una respuesta.

Primavera de 2011

Sin embargo, yo decidí quedarme en España. Fui enlazando trabajos precarios, tanto dentro del periodismo como fuera. El 27 de marzo de 2011, llegué a Madrid desde un pueblito de Bizkaia. Ilusionado, con muchas ganas de comenzar a trabajar en un medio de comunicación digital nuevo. Pintaba demasiado bien para ser cierto. Las condiciones laborales prometidas se incumplieron desde el primer día, empezando porque el salario no fue el prometido. Y no hablemos de los impagos. Mis padres tuvieron que pasarme dinero todos los meses para poder trabajar en Madrid. Todos los sueños parecían rotos. Pero me negaba a echar la toalla. Había que resistir.

Por entonces, aún no tenía conciencia de clase. Las únicas manifestaciones a las que había acudido hasta entonces habían sido contra ETA. Cuando, pese al miedo que les daba a mis padres que pudieran señalarme, cuando había un asesinato en Euskadi, cogía el coche y me plantaba en el municipio en el que se celebraba la correspondiente manifestación de repulsa para decir NO al terror y para exigir libertad (porque poder opinar libremente sin miedo a que te peguen un tiro en la nuca sí es libertad y no que los bares estén o no abiertos durante una pandemia). Por eso, por no estar acostumbrado a asistir a otras manifestaciones, no me enteré de aquella manifestación del 15 de mayo de 2011.

A través de Twitter y de los medios de comunicación, supe que una gran manifestación, que había recorrido el centro de Madrid, decidió quedarse en la Puerta del Sol. Cientos de manifestantes pasaron la noche allí. Después, conocimos que habían decidido acampar en ella.

Movimiento 15M

Ahora, echando la mirada atrás, siento tristeza por no haber participado ni en la manifestación ni en la acampada. Pero sí es verdad que, durante varios días, me acerqué a ver todo lo que estaba aconteciendo allí. Asistí a algunas de las asambleas ciudadanas que se celebraron y empecé a ser consciente de lo que estaba sucediendo.

Las manifestaciones fueron creciendo. Contra los recortes, contra el bipartidismo, contra la corrupción… Derechos, derechos y más derechos. Derecho a trabajar, derecho a una Sanidad Pública de calidad, derecho a la vivienda, derecho una educación pública de calidad, derechos laborales… Tenían razón. Nos estaban negando nuestros derechos fundamentales. Decidí empezar a acudir a todas las manifestaciones. A medida que crecían las voces en las calles, aumentaba la represión policial. Lo que nos indignaba aún más.

La rabia y la indignación colectiva, al mismo tiempo, era emoción. Era impresionante sentir cómo la sociedad despertaba, cómo nos hermanábamos para exigir lo que era nuestro y se nos estaba negando, cómo había verdaderas ganas de construir una sociedad justa.

Espíritu 15M

Se despertaron conciencias. La mía fue una de ellas. Y también surgieron nuevos medios de comunicación y un nuevo partido político, Podemos, que rompió el bipartidismo consiguió recoger todas aquellas peticiones y defenderlas en las instituciones. Aún no se han logrado todas, pero, desde el Gobierno de coalición, siguen trabajando para poder sacarlas adelante.

Cuando parece que volvemos atrás, cuando parece que el fascismo es el que está consiguiendo crecer a pasos agigantados en la crisis actual, pese al miedo que me genera, me surge un sentimiento de esperanza. Porque, en España, hemos sido ya capaces de unirnos y luchar por una sociedad mejor. Y estoy convencido de que volveremos a hacerlo, de que nos uniremos contra el fascismo.

Han pasado diez años. Pero el espíritu del 15M, aunque casi no lo apreciemos, aún está ahí. Sólo hay que despertarlo.

¡LA PLAZA ES NUESTRA!