David Hernández
David Hernández. Periodista político y amante de la cultura.

Las verbenas en Madrid. Que yo no digo que nos hayan invadido. Puede que no. Puede que sí. Pero estoy aburrido y es la pena de la guasa que se traen con las verbenas. Mientras la mayoría de los españoles cumplimos a rajatabla (o casi a rajatabla) las medidas restrictivas para evitar que la pandemia siga expandiéndose, vuelvan a colapsarse los hospitales y, cada día, sigan muriendo cientos de personas, Madrid ha decidido continuar con sus verbenas. Por lo visto es que en Madrid no hay cosa buena.

Las verbenas

Yo no digo que el ser de Madrid (puede que no, puede que sí) sea un privilegio de Dios. Puede que sí. Puede que no. Pero es que, como ya lo decía aquel chotis, todo el que llega de fuera y bebe a pitorro, a los dos meses, vive mejor que si hubiera nacido en Cascorro. Qué se lo digan a los franceses, que nada más llegar a Madrid se convierten en emperadores de Lavapiés, les alfombran con bolsas del Primark la Gran Vía y los bañan en vinillo (y en lo que les echen al vaso).

Ni Chicote ni gaitas. Un bocata a euro en El Museo del Jamón y mucho alcohol, no porque vengan a emborracharse, sino porque es bueno para acabar con los virus (yo de eso sé mucho que, de tanto lavarme las manos, hasta el pan me sabe a gel hidroalcohólico). Hay que economizar, que los museos y los teatros cuestan una pasta. Y es que a eso vienen. Los franceses no vienen de fiesta. Los franceses vienen buscando la crema de la intelectualidad. Lo dice el alcalde Almeida y ya sabemos que lo que dice Almeida va a misa (literalmente).

Armar la tremolina

Los franceses han decidido irse pa’ Madrid y sin remordimientos. Como un deseo infantil. Buscan una pensión y a pasar un finde de locura de museo en museo. Les hemos visto emocionados por las calles de la capital. Eufóricos, exaltados, abrumados, cuasi desmayados (¿intoxicación etílica? Panda de malpensados…) por todas las sensaciones y emociones que les han provocado Goya, Sorolla, Picasso, Plensa…

No entiendo por qué se ha armado la tremolina. Que si ruidos. Que si focos. Porque no llevan mascarilla. No llevan mascarilla. Ni llivin misquirilli. ¡Quitismiquis! ¡¿A quién no se le ha caído la mascarilla viendo el Gernika?! Lo que se respira en Madrid es libertad. La libertad del virus para campar a sus anchas. Sí. Pero libertad al fin y al cabo. Y eso es canela fina.

Los madrileños no tienen la culpa de que Valencia no tenga fallas ni haya encierro en San Fermín. Sólo quieren que les dejen, por lo menos, las verbenas en Madrid.

Ahora bien, yo no quiero dejarlo todo al azar. Y como no quiero dejarlo todo al azar, prefiero estar muy-muy lejos. Así que… yo me voy otra vez. ¡Ahí te dejo Madrid!