Martha Lovera
Martha es médica y escritora. Activista por la cultura LGTBI

Voy a empezar este artículo con una frase contundente y que quizás a muchas personas les resultará chocante; una afirmación que para mí es inútil negar: todas y todos somos migrantes.

A mi modo de ver, migramos desde que dejamos de ser dos células para convertirnos en un organismo con millones de ellas. Considero que durante toda nuestra existencia migramos de diferentes estados de desarrollo: de la niñez hacia la adolescencia; de ella hasta la adultez para terminar en la vejez. Y a diario migramos de estados emocionales: de la tristeza a la alegría o de la apatía a la euforia.

Migrantes

Luego estamos los que migramos del lugar donde nacimos. La canaria que por razones laborales se traslada a Barcelona o el madrileño que en su tercer acto decide retirarse al levante; el alemán que por amor se muda a indonesia, la marroquí que en busca de mejores condiciones de vida termina en Francia y, una de las más dramáticas en la actualidad, la diáspora que se dispersa a velocidad de vértigo desde su Venezuela natal hacia el resto del globo.

Las migraciones han sido una constante a lo largo de la evolución de la humanidad. Hace sesenta millones de años, por allí en el paleolítico, las migraciones prehistóricas constituyeron el primer proceso de expansión de la humanidad. Pero no hace falta irse tan lejos en el tiempo, solo es necesario mirar unos años hacia atrás en nuestra historia para encontrarnos a oleadas de gallegos en los puertos de La Coruña y Vigo embarcando hacia “las américas”, o a miles de andaluces que durante la post guerra tuvieron que partir por carretera hacia Francia o Suiza. Nos guste o no, seamos capaces de aceptarlo o no, somos migrantes.

La migración no es un fenómeno exclusivo de los humanos, en el reino animal también se deja ver en las golondrinas que durante el verano viven en Europa y pasan el invierno en el sur de África. Las ballenas realizan migraciones de alrededor de veinticinco mil kilómetros y hasta el fitoplancton deja las oscuras profundidades del océano para ascender a la superficie y nutrirse durante el día. La característica común de estos movimientos es que responden a una necesidad: alimentación, reproducción u apareamiento o para huir de un depredador.

Las personas que decidimos dejar nuestro terruño solemos hacerlo por una mezcla de varias razones: socioeconómicas, políticas (exiliados), culturales o familiares; para huir de conflictos bélicos o de catástrofes naturales. Vamos, que según mi perspectiva, nadie deja la tierra donde nació, a toda su gente y lo que conoce por gusto, lo hace por supervivencia. Y por más que en la mayoría de casos sea una decisión premeditada (no siempre es posible, sino que le pregunten a los perseguidos que salen con lo puesto en plena madrugada), migrar no es fácil, por bien que le vaya al migrante en su nuevo destino.

Alta cualificación

Son tiempos de mucha crispación política al respecto. Algunas campañas intentan criminalizar al migrante; culpabilizarlo o como mínimo señalarlo, y poco se habla de aquellos que aportan valor a la sociedad. Poco se sabe del Neurocirujano venezolano del Hospital Reina Sofía de Córdoba que en 2017 fue galardonado con el IV Premio de Innovación Biomédica, o del biólogo polaco investigador del Centro de Biotecnología y Genómica de Plantas de la UPM. La pena es que según un artículo publicado por El País en septiembre de 2020, “solo un 25% de los inmigrantes logra empleos de cualificaciones medias y altas”. Por fortuna hay centenares de migrantes que, sin llegar a ser famosos o sin tener una alta cualificación, aportan un valor incalculable a la comunidad donde se integran.

Seguro que hay muchos de esos migrantes de los que sí habréis oído hablar, como Garbiñe Muguruza, tenista vasco-venezolana nacida en Caracas ganadora del Roland Garros 2016 y Wimblendon 2017 y que representa a España en torneos de la WTA; o María Olvido Gara Joca (mejor conocida como Alaska) artista polifacética que nació en México hija de madre cubana y padre asturiano. También están Malena y Ernesto Alterio que nacieron en Argentina (por cierto, hijos del exiliado argentino en España Héctor Alterio). ¿Recordáis las coloridas Meninas que llenaron las calles de Madrid? Pues el artista de esa mega exposición urbana es el venezolano Antonio Azzato. Esto demuestra que la migración y la mezcla de culturas pueden ser maravillosas para una sociedad.

El cuerpo humano

Hay un símil que me gusta utilizar a este respecto, el cuerpo humano. Nuestro cuerpo es el continente de billones de células donde la diversidad y la variedad son la norma. Las células comparten características estructurales (membrana, núcleo, citoplasma); se organizan en colonias y son interdependientes, es decir, que están íntimamente relacionadas las unas con las otras (como nosotros). Cada una tiene su función y también, al igual que nosotros, las células nacen, se desarrollan, se multiplican y mueren. Pues ¡sorpresa!, nuestras células también migran. Se mueven de un sitio a otro en un intento por mantener las funciones y el equilibrio de nuestros órganos y sistemas.

Imaginemos por un momento que una nueva célula proveniente de la médula ósea (células madres) al transformarse en, por ejemplo una célula renal, cuando llega a su destino (el riñón) a las células que ya lo habitan les dé por rechazarla. Se monta un cirio descomunal y las células del sistema inmune (los polis de nuestro cuerpo) atacan a esas nuevas células. Eso origina una enfermedad autoinmune y solo quien la padece sabe lo que esto supone.

Ahora imaginemos que nuestro organismo es un país, cualquiera, el que más os guste, y a continuación imaginemos a cada célula como si fuera una persona ¿Comprendéis hacia dónde quiero llegar? Así es, cada célula (persona) es importante y necesaria para el sistema. Seguro alguna persona en objeción a esto piense que también hay células malignas que crecen descontroladas provocando tumores y hasta la muerte. Sí, es cierto, pero por fortuna no es lo frecuente, casi la totalidad de las células de nuestro organismo funcionan bien.

Volviendo a la metáfora anterior, un país es un sistema organizado y estructurado (como el cuerpo humano) en el que las migraciones no solo son inevitables (a veces), sino que de algún modo son necesarias para nutrir y mantener el equilibrio del sistema. Las migraciones son un medio para el desarrollo, la evolución y, si queremos, para crecer social, económica y culturalmente.

Claro está, esta no deja de ser una opinión personal. ¿Qué va a decir una inmigrante por cuyas venas fluye sangre indígena tacarigüense, canaria y alemana?