David Hernández
David Hernández. Periodista político y amante de la cultura.

No estamos a salvo. El conflicto en Myanmar (antigua Birmania) nos recuerda que no estamos a salvo de nuevas guerras en el siglo XXI. Nos muestra que una guerra civil es posible en la época actual. Y es que, tan sólo dos meses después del golpe de estado en el país asiático, la violencia va in crescendo. La represión despiadada del ejército de Myanmar contra las manifestaciones pacíficas que se han ido produciendo tras el golpe del pasado 1 de febrero, está arrastrando al país hacia una guerra civil.

La situación es aterradora. Más de 550 manifestantes han sido asesinados por la Policía y las Fuerzas Armadas en Myanmar. Pero las cifras podrían ser mucho más elevadas por los bombardeos con los que el ejército ha ido respondiendo a quienes se oponen a aceptar el nuevo régimen. La organización pro derechos humanos Human Rights Watch ha denunciado la desaparición forzosa de cientos de habitantes. 

No estamos a salvo

Estos terribles hechos nos recuerdan nuestro pasado más oscuro. Un gobierno legítimo elegido democráticamente por el pueblo en las urnas y un sector del ejército que no está dispuesto a aceptar la voluntad popular, pero que sí está dispuesto a llenar las calles de la sangre de la ciudadanía por hacerse con el poder. El golpe de estado en Myanmar se produjo dos meses después de las elecciones en las que la Liga Nacional para la Democracia, liderada por la Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, tras cinco años en el gobierno, volvió a ganar los comicios.

El ejército, sin ningún tipo de pruebas, acusó de fraude electoral al Gobierno. Esto de que alguien acuse al Gobierno de fraude electoral sin motivos también nos suena, ¿verdad? Y sin tener que retrotraernos a 1936. Nos estamos acostumbrando a este tipo de acusaciones, sin ser conscientes del peligro que supone. En Myanmar, hicieron uso de esa falacia para dar un golpe de estado. El comandante en jefe Min Aung Hlaing tomó el poder horas antes de la primera sesión parlamentaria y arrestó a Suu Kye, a decenas de diputados elegidos democráticamente en las urnas y a centenares de activistas.

Auge del fascismo

La situación de Myanmar tiene un trasfondo complejo, pero, pese a ello, nos pone en alerta. Nos recuerda que en nuestros días también pueden caer las democracias de la noche a la mañana. Nos alerta de los peligros existentes en nuestros sistemas políticos. Es importante mirar hacia Myanmar para que abramos los ojos y, después, miremos a lo que está sucediendo dentro de nuestras fronteras.

Nuestras instituciones nunca han estado totalmente libres de franquistas, pero sí moderaban sus discursos dentro de partidos políticos que habían aceptado las reglas del juego democrático. Hasta que el fascismo, sin ningún tipo de pudor ni “complejos”, volvió a salir a escena. Lograron que algunos medios de comunicación se convirtieran en su altavoz y generaron esperanza en franquistas que habían perdido la esperanza de regresar a su añorado país en blanco y negro, en el que un día vivieron cómodamente oprimiendo a sus vecinas y vecinos. Así fueron creciendo y empezaron a entrar en todas las instituciones.

El fascismo, como ya ocurrió a principios del siglo XX, está ganando cada vez más adeptos gracias a campañas de comunicación que, aunque nada éticas y repletas de mensajes falsos y muy peligrosos, están resultando efectivas. Así es como hombres peligrosos como Donald Trump o Bolsonaro han conseguido llegar al poder en países como Estados Unidos o Brazil. Así es como otros hombres peligrosos están intentando hacerse con el poder dentro de nuestras fronteras.

El fascismo necesita de fuertes campañas propagandísticas. Necesita de los medios de comunicación.

Blanquear el fascismo

En España, estamos asistiendo a un peligroso blanqueamiento del fascismo por parte de algunos medios comunicativos. Estos últimos días, hemos visto cómo la presentadora Ana Terradillas, en ‘El programa de Ana Rosa’, definía como “jarabe democrático” el acoso de un grupo de neonazis al candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid, Pablo Iglesias, durante una visita a Coslada. Acosar a un líder político con insultos, con proclamas nazis y realizando el saludo fascista no puede calificarse de un acto democrático, menos aún de medicina democrática. Lo que hizo la presentadora en uno de los programas líderes en audiencia de las mañanas fue blanquear el fascismo.

Pocos días después de este lamentable episodio, la sede de Podemos en la localidad murciana de Cartagena sufrió un atentado terrorista. Las turbas neofascistas llenaron las redes sociales de falsos mensajes que intentaban generar confusión y hacer creer a la ciudadanía que se trataba de un montaje. Esto también nos suena.

Estamos empezando a caer en los mismos errores del pasado. Llevamos años insistiendo en la importancia de la memoria histórica y era, precisamente, para evitar esto que estamos viviendo ahora. Pero aún estamos a tiempo de ponerle freno al fascismo.