David Hernández
David Hernández. Periodista político y amante de la cultura.

Ya estamos en enero. Ese mes tan ansiado durante las últimas semanas, por suponer el inicio de un nuevo año que pone fin a un desastroso 2020. Pero, temido al mismo tiempo por muchas familias debido a su famosa cuesta. Enero es el mes en el que todo sube. O casi todo. En enero, habitualmente aumentan los precios de todo tipo de productos y suministros. Todo sube salvo los sueldos. El Sueldo Mínimo Interprofesional, este año, se queda como estaba. Al menos, de momento.

La vicepresidenta tercera y ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño, ha impedido de nuevo la mejora de las condiciones laborales de los trabajadores. Entorpeció la aprobación de los ERTE cuando se declaró el estado de alarma, y ahora, vuelve a ser un escollo en la negociación de la subida del SMI. Aunque, en esta ocasión, la titular de asuntos económicos, de momento, ha logrado salirse con la suya (y con la de la CEOE).

Calviño insiste en que “no es el momento” de incrementar en 30 céntimos diarios el sueldo mínimo, una cifra ya vergonzante en sí misma. La intención de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, era que aumentara un 0,9% antes de fin de año, tal y como ya se ha aprobado para los funcionarios y las pensiones. Calviño nunca ha sido partidaria de subirlo, pese a ser un compromiso adquirido en el acuerdo de gobierno de coalición. El pacto entre el PSOE y Unidas Podemos establece un aumento del SMI “hasta alcanzar progresivamente el 60% del salario medio en España, tal y como recomienda la Carta Social Europea.”

Cuando observo la conducta de la titular de economía, me vienen a la mente las palabras de Carmentxu, uno de los personajes de ‘La Trabajadora’ de Elvira Navarro: “Os comportáis como si en lugar de negociar, esto fuera una venganza. Pero qué cabe esperar si lo que veo aquí a diario es un comportamiento de colegial”.

Medidas neoliberales

Nadia Calviño vuelve a anteponer los intereses de la patronal a los de la ciudadanía. Claramente adscrita al pensamiento neoliberal, cree que el mercado de trabajo es como el de una lechuga en un mercado de abastos media hora antes del cierre, cuando, para liquidar sus existencias, el tendero baja el precio del producto. Así, en un Gobierno que se define progresista, nos encontramos con una vicepresidenta que cree que, para luchar contra el desempleo, hay que bajar el precio del salario. La clásica falacia de la composición. No tiene en cuenta que, si las rentas crecen, también lo hará el consumo, el cual se encuentra deprimido como consecuencia de la crisis sanitaria, y, por lo tanto, el PIB. Ni Calviño ni los empresarios toman en consideración que la subida del salario mínimo, cuyos perceptores van a gastar en su integridad, supondría un impulso para la economía.

Precisamente, por encontrarnos ante una situación de crisis social como consecuencia de la covid-19, se hace necesario aumentar el sueldo mínimo. No puede ocurrir como con la crisis de 2008, que vuelvan a pagarla los sectores sociales más precarizados. ¿Cómo se explica que aumenten las pensiones y los salarios del funcionariado y no el de los trabajadores que más lo necesitan?

Los Estados de nuestro entorno, como Portugal, Francia, Italia o Alemania, tienen previsto aumentar el salario mínimo para 2021. En España, desde 1978, el incremento del SMI se ha producido año tras año, salvo en 2012 y 2014, cuando el ejecutivo de Mariano Rajoy decidió no hacerlo. Ni Calviño ni sus amigos de la CEOE son conscientes de la situación de los sectores más precarizados desde sus despachos enmoquetados. Sin embargo, la sociedad española sí es consciente de las consecuencias que acarrea dejarse arrastrar por las corrientes neoliberales. Es más, muchas familias trabajadoras aún están pagando las consecuencias de la crisis de Mariano Rajoy. Un ejecutivo que se autodefine progresista no puede permitirse caer en el mismo error, actuando como el Partido Popular.