Martha Lovera
Martha es médica y escritora. Activista por la cultura LGTBI
Más tarde, quizás por esa necesidad humana de socializar, fuimos nosotres quienes, sin darnos cuenta, empezamos a desarrollar una especie de Síndrome de Estocolmo hacia nuestra captora (internet), que se hizo más acusado a partir de 1997 con la creación de sixdegrees.con, una de las primeras redes sociales que utilizó la famosa teoría de los seis grados de separación para conectar a las personas y crear comunidad. ¿Cruzamos en ese momento, sin ser del todo conscientes, el punto de no retorno? Parece que sí. Entonces desconocíamos que, a partir de ese instante, nada sería igual; ignorábamos que empezaba la persecución.

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En esa época desconocíamos que faltaban pocos años para que un universitario pusiera patas arriba nuestra forma de relacionarnos. En 2004 un tal Zuckerberg lanzó Facebook y transformó el concepto que teníamos de amistad. Porque hasta entonces un amigo era a quien se veía con cierta frecuencia, con quien se tomaban unas cañas o se disfrutaba de comidas; era con quien se iba al cine, a pasear o se compartían aficiones varias. Además, si eran catalogados como íntimos, hasta se hacían viajes con las familias, formaban parte del ritual diario de llamadas y mensajes o aprecian las no infrecuentes escenas de drama o euforia con dos personas pegadas a cada extremo de una línea telefónica.

Con Facebook pasamos de ser ese tipo de amigos a ser… ¿seguidores?, (aunque la red social insista en llamarles amigos); desconocidos de los que a veces solo se tiene escueta información de su aspecto físico (por la foto, suponiendo que sea real) y quienes, tras un clic, la misma red cataloga de «amigos». «Ahora menganito y tú sois amigos», avisa Facebook por si no te has enterado.

(Per)Seguidores

Según los expertos, esta forma de hacer amigos para muchas personas ha sido una forma de huir a la soledad, un medio para sentirse en compañía; para otras, la demostración de su afán por acumular personas (como si de calcetines se tratase) con las que ¿tener contacto? No lo sé. A día de hoy me cuesta saberlo donde está el límite.

El caso es que ese apenas era el comienzo. Poco a poco nuestra sociedad ansiosa y consumista sustituiría las llamadas telefónicas por vertiginosos mensajes de chat y se encontraría con la necesidad de compartir (colgándolo en esa red) todo aquello que nos hiciera sentir «guay».  Irrumpió en el caos perfecto el trino de un pajarito azul que se hizo con nuestra necesidad de comunicación, y allí que fueron a danzar hashtags a espuertas narrando en vivo y directo los acontecimientos de nuestra cotidianidad. El cabreo que pillamos en el atasco de camino al trabajo, lo desagradable que nos pareció el vecino en el ascensor, lo insoportable que está nuestro jefe o el estreñimiento de nuestra abuelita. Esos micro blogs (con curiosa tendencia negativa) sirven de altavoz a nuestras quejas y opiniones, esas con las que a veces nos identificamos en demasía, hasta el punto de crear debates (hilos) y ocasionar discusiones infinitas llenas de insultos con personas ¡que no hemos visto en la vida!

Para dar un respiro, en 2010 parecía que las palabras quedarían rezagadas y la imagen se haría con el protagonismo. Los amante de la fotografía descubrimos en Instagram un espacio para compartir con aires melancólicos nuestras capturas (el formato recordaba a las antiguas fotos polaroid). Empezamos a retransmitir las imágenes de nuestro día a día. Sin embargo, no tardamos mucho en convertirla en otro sitio de encuentro (o desencuentro según se mire) en el que la palabra seguidores tiene más peso aun que en las predecesoras redes.

Creo que ese día nos transformamos en números, ese que encabeza el perfil del usuario, ese debajo del que se lee la palabra «seguidores» ¿o perseguidores? ¿Cuán peligroso es para una sociedad ver números en lugar de personas? Ha quedado muy claro durante este año, ¿no creéis? ¿Nos aleja y deshumaniza? Algunos expertos dicen que sí.

El caso es que, en mi opinión, la red hace más de veinte años nos capturó con la promesa e intención de permitirnos estar más conectados. ¿De verdad? ¿Cuándo fue la última vez que hablasteis con un desconocido en una sala de espera, el metro o en una parada de autobús? ¿Cuándo fue la última vez que prestasteis total atención a la charla con un amigo? Sin ver el móvil ni un segundo o interrumpir para «googlear» algo.

Fascinante

Pienso que quizás, en algunos aspectos, tenemos mayor variedad de opciones para conectar con los demás y eso es fascinante. Anda que no alucinaría mi bisabuela si viera que ahora no es necesario esperar meses para recibir una carta con noticias del hijo que emigró en barco; ¡ahora los transmitiría su travesía en directo en algún live! No podemos negar que existen más herramientas para estar comunicados, sin embargo, en su lugar parece que nos comunicamos cada vez menos y peor, con más ineficacia y escasa asertividad. Las redes sociales se usan para iniciar relaciones, comprar y vender artículos y servicios; también se terminan relaciones por twitter, se proclaman intenciones por Instagram y si alguien no comulga con nuestra forma de ver la vida, ¡zas!, se bloquea y fin de la historia.

Y por si con eso no bastara, las personas nos hemos convertido en el objeto de deseo de cualquiera que aspire a la fama en las redes, quienes se vanaglorian de la cantidad de (per)seguidores que tienen y por más elevado que ese número sea (miles, millones ¿ya te aparece la K en el perfil?), nunca parece ser suficiente; y para atrapar a más y más adeptos no dudan ni un segundo en utilizar la secuencia captora: foto de comida/paisaje/acontecimiento + mensaje transcendental + un par de hashtags y al ciberespacio; y ese gesto los convierte en perseguidores de una admiración volátil que durará hasta el primer desacuerdo. Hasta que el vegano vea que comes carne o el carnívoro te escuche defender a los vegetarianos, porque mejor eso que hablar de otros puntos de desencuentro como la política o la religión.

Somos perseguidos por nuestras ansias de reconocimiento, de sentirnos guay. Perseguidos por (per)seguidores que se zambullen en lo que mostramos ignorando cuánta realidad hay en ello. ¿Cuántas veces nos llevamos a esos (per)seguidores a la comida con nuestra amiga de toda la vida, a la cama con nuestra pareja o a ese sagrado espacio de intimidad mientras defecamos? Y no han pasado tres minutos de la última mirada a la pantalla y volvemos a abrir la ventana en busca de alguna señal de nuestros (per)seguidores: un me gusta, un comentario, un retuit, ¿lo que sea que nos haga recordar lo que ya valemos aunque ellos no existan?

¿Cuántos somos (per)seguidores en alguna red social? ¿Cuántos (per)seguidores tenéis en vuestros perfiles? ¿Tendrá fin está persecución?

¡Ups! Os dejo, me ha sonado una notificación.