Semana Santa. Ya no tengo las ventanas por las que ver las piedras que me reencuentran con quien soy, ni respiro ese olor a la paz imprescindible para despertarme cada día. Ni siquiera puedo  dormir los sueños alejando miedos, ni marcar distancia con los nudos que me atan a la sombra del fracaso.

En mi Semana Santa el dolor se llama IN-JUSTICIA, en la misma medida que lo fue crucificar a Jesucristo,  hoy lo son las sentencias judiciales contra la mayoría de las madres que sí creen a sus hijos e hijas. Menores que piden ayuda verbalizando o dibujando lo que les hacen los hombres que les rodean.

Semana Santa

No me asuntan los  que  vestidos de “negro” se convirten en dioses de la tierra, y sentencian al infierno a quienes tienen la obligación de proteger. Ignorancia, intención, soberbia y el perjuicio heredado de un sistema que sigue sentenciando en “el nombre del padre”. Mis espinas hieren sin resurrección, porque entre Herodes y Pilatos, solo ganan los malos. La Fundación ANAR confirma, con sus escalofriantes datos,  que no hay Semana Santa que nos merezcamos, ni dentro ni fuera de nuestro territorio.

Por más que roguemos al cielo, miremos a Cuenca o a la Meca, el hecho de que cada 5 criaturas, 2 de ellas,  si son niñas, sean abusadas, y 1 de ellos,  en el caso de los niños en España, siendo en  un 80% de los casos dentro del entorno familiar, nos debería llevarnos a un ejercicio espiritual y profundo de reflexión y lucha activa, porque de nada nos vale la palma, el romero y los golpes de pecho, si continuamos los unos indiferentes, y los otros a lo suyo.

El genocidio

Este genocidio contra la infancia y las madres que les defienden no puede caer en el olvido, ni se debe dejar en manos de quienes miran para otro lado para continuar dando privilegios a los señores de turno, incluyendo el de pernada. No es nada inocente esa “presunción de…”  que tanto desequilibra la realidad de unos hechos que se empeñan en negar. El incesto y la pederastia conviven entre nosotros y nosotras, aunque a ciertas instituciones no les salga rentable evitarlo.

Monstruosas las cifras de ANAR del número de víctimas de abusos sexuales a menores, que no van a la par con las condenas a padres pederastas, maltratadores y gentuza similar, incluyendo en este apartado de miserables, sin ninguna duda,  a una gran porcentaje de pseudo profesionales que forman parte de los equipos psicosociales. Esos que se atreven a escribir conclusiones basadas en manipulaciones e ideologías propedófilas, como la del falso SAP, y  que sin pudor, ni vergüenza,  emplean en sus informes como funcionarios y docentes, aunque tengan a toda la comunidad científica, y al sentido común, en contra de sus falacias.

Los milagros

Ojalá que existieran los milagros, y que a cada uno de esos cerdos les llegase su San Martin, su última cena, y su viacrucis. Porque al escuchar a Diana Díaz, Directora de las Líneas de Ayuda de La Fundación ANAR, no puede haber un ser humano que no grite de rabia. En pleno siglo XXI estamos crucificando a muchos niños y niñas, los lanzan a ser violados, torturados y asesinados, aunque el método no sean las espinas ni la cruz. Dios no creo que los perdone, yo tampoco.

Y por cierto yo sí creo a Rocío, al igual que lo hice a Carmina, y es que no las han maltratado por ser hijas de famosos, ni de izquierdas o derechas, sino por haber nacido MUJER, y si cobran o no por contarlo, no les hace menos creíbles que a los abogados que les defienden a ellos, o a los jueces por juzgarlas. Se nos da demasiado bien tirar la piedra, y esconder los pecados,  y eso no parece de muy católicos, ni romanos, ni apostólicos,  ni siquiera en esta semana tan santa.