Nuria Coronado Sopeña
Nuria Coronado Sopeña es periodista y escritora feminista

Una experiencia que la marcó para siempre y que le dejó un vacío. “Un agujero que fundamenta la culpa que nace de lo que es invisible, de lo que no se habla, de lo que no se enfrenta”. Ahora, ha curado su herida, la de perder el regalo precioso de su hijo Einar, escribiendo y autopublicando Un nombre de guerrero, un libro en su homenaje. “Con él quiero poner palabras a ese grito de supervivencia mío y de tantas otras madres” y acompañar el trabajo que hacen asociaciones como la de Contracor, a la que ella acudió en busca de ayuda, y que tanto bien le hizo.

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¿Decir aborto es decir aún tabú?

De alguna manera, sí, pero es un tabú sinuoso. Desde que he publicado el libro me he dado cuenta de que la aceptación del aborto en España es mucho mayor de lo que yo me pensaba. Aunque te parezca mentira, había amigos y personas a las que no les había contado toda la verdad porque temía su incomprensión, ya fuera por motivos religiosos o políticos. Los despaché con un abstracto “he perdido a mi bebé”. Entonces, si la aceptación del aborto en España es tan amplia, ¿por qué yo lo viví como un tabú? Pues fundamentalmente porque el aborto sigue siendo un tema inexplicablemente silenciado. Nadie habla de él, y ese silencio se convierte en un tabú poderoso. Evitamos hablar de los recovecos que no cumplen con el ideal de maternidad. Las madres que han vivido un aborto, rara vez encuentran un entorno propicio para difundirlo más allá de su círculo íntimo. Si a eso le sumas los intentos políticos no tan lejanos de negarnos el derecho a terminar el embarazo o la pretendida objeción de conciencia de la mayoría de los hospitales públicos en España, pues obtienes una receta perfecta para que el tabú se perpetúe.

Las pérdidas que no se nombran cuando nunca son escogidas ¿hasta dónde te cambian?

La muerte de mi hijo, aunque yo misma la hubiera decidido, es lo más terrible que me ha pasado nunca. Es un abismo. Desde ese momento, desarrollé una sensibilidad extraordinaria hacia el dolor ajeno. Cuando ahora me cuentan una historia de pérdida de un ser querido, conozco donde se encuentra esa persona, soy mucho más empática. Por lo demás, el duelo es muy duro, pero se supera. Al final del libro, intento mostrar lo que para mí fueron signos de esperanza. Incluso en los peores momentos, era capaz de sentir el abrazo de mi otro hijo, apreciar la belleza del mar… Estaba viva. Después, gracias a labor sanadora del tiempo, te reconstruyes emocionalmente. Este es un mensaje importante para quienes estén en un proceso de duelo. Se supera.

¿Tu decisión de escribir para contar tu dolor es un acto de sororidad?

Humildemente, sí. Después de terminar mi embarazo busqué referencias, testimonios de mujeres que hubieran pasado por algo parecido. No me podía creer que el hecho que había impactado en mi vida con más violencia no apareciera por ningún lado. No existía. Eso me produjo una sensación de desamparo, de incomprensión del mundo hacia lo que yo sentía. Entonces me dije que eso no podía ser, y que sería mi pequeña misión crear una referencia donde otras mujeres pudieran verse reflejadas con honestidad.

Con el libro he contactado con numerosas asociaciones de duelo perinatal, con psicólogos perinatales… Incluso varios hospitales me han escrito para decirme que lo han leído y lo han compartido con los profesionales del centro. La acogida ha sido maravillosa, y los testimonios que estoy recibiendo de mujeres son preciosos. Al final, como dices, es un acto de sororidad, una hermandad entre mujeres que han pasado por algo parecido en algún momento de sus vidas, incluso de mujeres que no lo han sufrido y que sencillamente empatizan con el dolor de una madre.

¿Por qué la sociedad oculta una experiencia traumática como lo que se vive entremedias de un embarazo y la nada?

Es una buena pregunta. Por un lado, creo que vivimos en una sociedad que da la espalda a la muerte, que la teme y la esconde, como si por ello fuera a desaparecer. Ignoramos que vida y muerte caminan juntas, son compañeras, no se pueden entender una sin la otra. Todos nos veremos enfrentados a ella en algún momento, pero es que alrededor de la muerte también hay mucha vida. Eso explicaría el silencio frente al duelo de forma general, pero en mi opinión hay algo más. Todo lo relacionado con la maternidad ha estado siempre circunscrito al territorio de la mujer y de la casa. Es lo íntimo, y no interesa en la esfera pública. Piensa en las referencias literarias que existen en relación al aborto. Hay algunas, contadas con los dedos de la mano, cuando el aborto es una realidad a la que se enfrentan 100.000 mujeres al año solo en España. Sobre el aborto terapéutico aun es más difícil encontrar libros. Ese es el vacío que quiero llenar, porque la literatura también tiene que tratar la maternidad real, el aborto, el duelo de perder a un hijo. Estos temas no son de mujeres, son literatura universal.

¿La sensación entre un aborto terapéutico y uno espontáneo crees que duele menos?

No me siento legitimada para comparar un dolor y otro. En ambos casos hay una madre que pierde a su hijo, y desde ese punto de vista el trauma es el mismo. Pero sí puedo decir que el duelo tras un aborto terapéutico tiene características propias que lo diferencian de uno natural. Al sentimiento de pena hay que sumarle un conflicto interno a menudo no resuelto, el peso de una decisión que se ha tomado en contra de lo que más amas, la culpa. Yo soy férrea defensora del derecho al aborto, y estoy convencida de que hice lo correcto, pero la carga de decidir qué hacer con la vida de mi hijo es algo que hubiera preferido no tener que enfrentar.

 

Foto de Foto de Nathalie Guironnet
Foto de Nathalie Guironnet

¿Cómo se pasa del dolor a la supervivencia?

La escritura ha sido clave. Primero, como parte de un proceso de autoconocimiento, de toma de conciencia acerca de lo que me pasaba, de lo que sentía. Dar voz a mis sentimientos fue un paso imprescindible para reconciliarme con ellos. Lo demás es cerrar en falso y ya sabemos lo que puede pasar con las heridas mal cerradas, que se abren cuando menos te lo esperas, se cronifican. Pero hay algo aún más hermoso en haber convertido la historia de mi hijo en una novela: crear algo bello y delicado, una historia que conmueva, me ayudó a transformar mi dolor en un homenaje a mi hijo. Además, la novela me sirve de herramienta para ayudar a otras mujeres y para concienciar a la sociedad en general, ya que, al estar narrada de forma literaria, es mucho más sencillo ponerte en la piel de la protagonista. Es entonces cuando paso de ser víctima a superviviente, incluso a guerrera.

Hay una presencia durante la experiencia que no se va: la del miedo que te agarrota cuando se toma la decisión y también a posteriori…

Es muy difícil tomar una decisión transcendental cuando no se dispone de toda la información necesaria, y más aún cuando el desarrollo de la enfermedad es incierto. En mi caso, mi hijo tenía líquido en la cavidad que rodea a los pulmones, impidiendo su desarrollo. Las decenas de estudios que leí daban un 20% de posibilidades de que el problema se resolviera, y un 80% de complicaciones, gran parte de ellas verdaderamente terribles. Un 20% abría la puerta a la esperanza, pero por ella también se colaron todos los demonios cuando decidí terminar el embarazo, ya que siempre me acompañará la duda de si habríamos conseguido colarnos por la rendija. Pero ochenta es cuatro veces veinte, y es abrumador. Tampoco existían estudios que explicaran realmente qué condiciones de vida les esperan a los niños que sobreviven. A veces parece que, como sociedad, nos preocupamos solo de habrá o no vida, pero no de si habrá una vida digna.

¿Qué ayuda necesita la mujer que llega con “el vientre incierto y acaba con el inerte”?

Me gustaría destacar tanto el papel institucional como el de la sociedad. El sistema sanitario debería estar preparado para acompañar y facilitar el duelo de estas madres. Esto significa que se debería garantizar la terminación del aborto en hospitales públicos, por ejemplo. No entiendo por qué se obliga a las mujeres a acudir a centros privados, como si hubiera que esconder el aborto porque fuera un acto vergonzoso. El personal sanitario debería estar formado, contar con protocolos específicos para acompañar a estas mujeres. Algunos hospitales comienzan a tenerlos, pero es todavía reciente.

Por otro lado, me encantaría ver que las personas que nos rodean, las que han sido madres y las que no, los hombres, los jóvenes, etc. empezaran a comprender mejor este duelo. Es por ello que me encantaría que todo el mundo leyera Un nombre de guerrero. Porque si les atrapa la historia y empatizan con ella, estoy segura de que cuando se encuentren junto una mujer doliente sabrán tratarla con el máximo cariño. Y poco a poco se irá levantando el velo de silencio y tabú que se cierne sobre el aborto y sus consecuencias.